¿Hacia dónde va el cine paraguayo?

Una mirada sobre el camino a transitar de un cine que todavía busca identidad.

Escena de 7 Cajas.

por JUAN MANUEL SALINAS A.

Desde el tremendo éxito de 7 Cajas a nivel nacional e internacional, son muchas las preguntas que surgen en relación al cine nacional. Interrogantes que comenzaron a sonar de forma esperanzadora cuando Hamaca Paraguaya irrumpió en Cannes de la mano de Paz Encina en el 2006. O con el documental de Renate Costa, Cuchillo de Palo, que llegó al Festival de cine de Berlín en el 2010. O con Novena, de Enrique Collar, que participó en el Festival de Cine de Mar del Plata en el mismo año.

Ahora. ¿Cuál será el camino que tomará el naciente cine paraguayo? ¿Cuáles serán sus características?

En esta intriga, las consultas suenan desde dos perspectivas muy diferentes. Están los que creen en un cine comprometido y social, bajo la óptica del supuesto “cine no comercial”, y los que creemos – me incluyo – en una industria de cine paraguayo donde todo es válido mientras no exista nada ilegal, porque finalmente el cine es un negocio, además de arte. Y he aquí las dos palabras que asustan a algunos; industria y negocio como si fueran obscenidades.

Hacer cine en Paraguay es tremendamente difícil. Los fondos casi siempre vienen de las mismas entidades; Fondec, Secretaría Nacional de Cultura, Itaipú, Yacyretá, Cabildo y ahí terminó la cuestión. Para determinados trabajos, los documentales sobre todo, pueden ingresar algunas ong, dependiendo del tema. Y, claro está, las empresas privadas que aún se muestran tímidas a la hora de apostar al cine. Sabemos que en 7 Cajas estuvo vinculado el banco Itaú, por ejemplo. Palermo en su momento, también destinó fondos a una película; El fin de la línea, de Gustavo Delgado, en concepto de sponsor.

Las empresas comienzan a interesarse y eso es bueno. Pero la duda sigue estando. ¿Cuál será el camino que tomará el cine nacional?

El sector radical del audiovisual paraguayo se opone al mal llamado cine comercial. Digo mal llamado porque todas las películas finalmente terminan comercializándose.

Afiche de La Hamaca Paraguaya, de Paz Encina.

Este sector, expone que nuestra realidad social, fusionada con la experiencia histórica de haber vivido una dictadura de 35 años, deben ser pilares a la hora de producir una cinta. Parten de que el artista debe ser comprometido. Y con una reflexión cargada de esnobismo, sentencian: “No hablemos de industria, hablemos de obras de arte”. Los argumentos son siempre los mismos. Pero se olvidan que el ser comprometido es una decisión personal del artista, no un sendero ético a cumplir obligatoriamente.

En Paraguay nadie puede vivir del cine. Nadie puede mantener a su familia dirigiendo películas o escribiendo guiones. El que es camarógrafo debe trabajar en los canales o en productoras que graban comerciales. Igual los sonidistas e iluminadores. No es malo, pero sabemos que el deseo es hacer cine.

Hace poco, Derlis González, músico paraguayo radicado en Estados Unidos, que compuso la banda sonora de la película de Arnaldo André Lectura según Justino, relataba en un artículo que si la industria del cine era rentable en Paraguay, él no hubiera salido del país a perseguir un sueño. Ese pensamiento resume todo.

El problema de este grupo, al que me refería en el párrafo anterior y que por suerte es minoría, es que ven en el también mal llamado “cine comercial”, una suerte de corrupción.  Para ellos, la taquilla es indigna. Quieren un cine elitista financiado por el estado. Esta gente, que cree que Steven Spielberg no sabe filmar, apuesta al “papá estado” como un fondo inagotable. Y, lo que es peor, desean que esos fondos les llegue solo a ellos. ¿Por qué? Porque son los elegidos, los comprometidos, los que hacen “obras de arte”, lejos del sistema.

Escena del documental Cuchillo de palo, de Renate Costa.

Afortunadamente, existe otro sector más interesante en el mundo audiovisual paraguayo, que busca el éxito, que debería ser la premisa de cada artista. Porque cuando el éxito llega, es porque se afianzó en el pueblo y en su cultura. Una sala llena es sinónimo de eso, no una vacía con cinco “iluminados” que aplauden la “obra de arte”.

Muchos preguntarán qué es el éxito. No hay que pensar mucho. La Real Academia lo define bien. “Resultado feliz de un negocio”. Aunque también lo define como “Buena aceptación que tiene alguien o algo”. Y hasta parece dar el tiro de gracia con “Fin o terminación de un negocio o asunto”.

Y aquí podemos reflexionar sobre qué tipo de aceptación queremos. O qué tipo de terminación buscamos para el cine paraguayo.

Simplificar el éxito en la ganancia de dinero no es todo. Pero es un área que quiérase o no, está ligada a la continuación del trabajo. No se debería entonces tener miedo a la palabra “industria”. Porque denota que el verdadero miedo es que si existen más proyectos como 7 Cajas, estos tengan prioridad a la hora de obtener fondos. Al sector radical no le gusta. Para muchos, es más fácil quejarse del poco apoyo que intentar desarrollar proyectos.

¿Hacia dónde va el cine paraguayo? No lo sabemos aún. Lo que sí estoy seguro es que hoy por hoy podemos brindar con algunas películas. Brindar por una alfombra roja, con la ilusión de festivales y con la maravillosa intención de contar historias.

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